domingo, 15 de mayo de 2016

Cuatro razones por las que el gasto público es incluso peor que los impuestos


Money drain
Todos los años en el momento de los impuestos nos acordamos del dolor del impuesto de la renta. Nos acordamos no solo la riqueza que se quita, sino también todo el tiempo y energía que deben gastarse en ayudar al gobierno federal a estimar cuándo deberían quitarnos este año.
Sin embargo, el impuesto de la renta es solo una parte de la ecuación. Impuestos al trabajo, impuestos corporativos, impuestos especiales y aranceles son todos los impuestos federales que pagamos todos, paguemos o no lo que se llama el “impuesto de la renta”.
No hace falta ser el dueño de una empresa para pagar impuestos corporativos. Cuando una empresa paga impuestos, los clientes y empleados también pagan en términos de salarios inferiores y bienes más caros. No hace falta ser importador para pagar aranceles, que acaban costando más a los consumidores en términos de bienes más caros y menos disponibles. Y no hace falta ser conductor de automóvil para pagar el impuesto federal especial sobre la gasolina. Todo bien o servicio que se base en gasolina para transporte nos cuesta más gracias a ese impuesto.
A pesar de todo esto, no son los impuestos lo peor de la ecuación “grava y gasta”. Lo que hace el gobierno con el dinero (una vez lo tiene) es realmente peor y más dañino tanto política como económicamente.



Razón 1: No hay manera de asignar racionalmente el dinero fiscal

Una vez se extrae el dinero a un propietario en forma de impuestos, este abandona el ámbito del mercado y de los precios del mercado. Los fondos se convierten en recursos que fueron adquiridos, no mediante ningún intercambio, sino mediante una transacción coactiva respaldada por la amenaza de encarcelamiento y multas.
En este punto, el dinero ya se ha asignado mal porque ha sido distribuido (por la fuerza) de una forma que era involuntaria por parte de los dueños reales. Se podría afirmar que a los dueños reales del dinero fiscal se les acabará dando bienes y servicios a cambio de dicho dinero. ¿Pero quién puede decir que los contribuyentes hubieran estado dispuestos a pagar un precio equivalente a la cantidad tomada en forma de impuestos?
Es imposible decirlo, ya que al contribuyente nunca se le permitió demostrar una preferencia sobre cómo debería haberse gastado ese dinero.
En otras palabras, es imposible decir en cuánto valoran realmente los contribuyentes una carretera, armas entregadas a una organización terrorista o una acción de los SWAT contra productores de leche natural. Los contribuyentes se ven obligados a pagar por todas esas cosas. Sin embargo, en cuánto valoran los contribuyentes esas cosas, es algo que habría que adivinar.
En lugar del valor determinado por los consumidores en un mercado voluntario, los recursos públicos se colocan en el ámbito de la política y los políticos que distribuirán los bienes de acuerdo con el poder político de los grupos de interés.

Razón 2: El gasto público no está limitado por los ingresos fiscales

Cuando está presente un banco central, el gasto público no se ve limitado por los ingresos fiscales. Aunque esté bien imaginar que el gobierno puede limitarse simplemente recortando el ingreso fiscal, bancos centrales significa que siempre hay manera de eludir esto.
Según Ludwig von Mises, los impuestos y el gasto públicos podrían limitarse teóricamente en un sistema político democrático por el hecho de que los votantes solo tolerarían impuestos (y por tanto, gasto público) hasta cierto punto. Sin embargo, una vez se introduce un banco central, esto permite a un gobierno sencillamente crear más dinero gastable para sí mismo. Hunter Hastings explica cómo veía Mises la democracia como sencillamente una herramienta utilitaria que hace que:
los órganos del estado sean legalmente dependientes de la voluntad de la mayoría del momento. (…)Mises extendía este concepto de democracia utilitaria al control por los ciudadanos del presupuesto del estado, lo que se lograba votando en nivel de presión fiscal que consideraban apropiado. De otra manera, “si es innecesario ajustar la cantidad de gasto a los medios disponibles, no hay límite al gasto del gran dios Estado”. [Cursivas añadidas]
Aunque el proceso es en realidad más desordenado que lo que se deduce aquí de Mises, es en todo caso correcto que si el gasto público se hace independiente de los ingresos fiscales, no hay esencialmente ningún límite práctico a la cantidad de gasto público que pueda tener lugar. Sin una clara relación entre los ingresos fiscales y el gasto público, es política y prácticamente imposible para votantes y contribuyentes estimar en cuánto ha sobrepasado el estado los límites presupuestarios impuestos. En otras palabras, los bancos centrales (especialmente los que son “independientes” y por tanto irresponsables ante los votantes) permiten a los gobiernos eludir a los votantes permitiendo a aquellos crear más riqueza por sí mismos lejos de los ojos fisgones de los entrometidos contribuyentes.
Hoy vivimos en una época en la que el gasto público en realidad se ha desconectado de los ingresos fiscales. Incluso si los contribuyentes protestan contra los aumentos en los impuestos, los bancos centrales pueden permitir a los gobiernos sencillamente gastar más dinero sin que el gobierno tenga que recurrir a más impuestos. Los bancos centrales pueden hacer directamente esto, sencillamente imprimiendo dinero. O más habitualmente, pueden hacerlo indirectamente mediante operaciones del mercado abierto (como comprar activos, incluyendo deuda pública) que aumentan la demanda de deuda pública, permitiendo así a los gobiernos financiar más gasto en déficit a tipos de interés artificialmente bajos.
Los contribuyentes acaban pagando este gasto adicional en forma de inflación (o disminuciones perdidas en el coste de la vida), debido a un aumento en la oferta de dinero fiduciario. La gente normal también paga en términos de los efectos perniciosos del ciclo de auge-declive. El rodeo del banco central permite a los gobiernos esconder los verdaderos costes de sus programas de gasto, aumentando así el apoyo político al gasto que es realmente mucho más costoso de lo que parece.
Limitar sencillamente los impuestos no hará nada para resolver este problema y de hecho puede que lo empeore. Si un gobierno se compromete a mantener un cierto nivel de gasto, los recortes fiscales pueden no obligar necesariamente a ninguna reducción del gasto público. La filosofía de “matar de hambre a la bestia” solo funciona cuando no hay banco central.

Razón 3: El gasto usa recursos escasos y distorsiona la economía

Como señalaba Rothbard en El hombre, la economía y el estado, los impuestos son dañinos, tanto en el lado de la recaudación como en el lado del gasto:
También ha habido una gran cantidad de polémica inútil acerca de qué actividad del gobierno impone la carga sobre el sector privado: los impuestos o el gasto público. Realmente es inútil separarlos, ya que ambos son etapas del mismo proceso de carga y redistribución. (…)
Supongamos que el gobierno grava al sector de las nueces un millón de dólares para comprar papel para las oficinas públicas. El equivalente a un millón de dólares en recursos se desvía de las nueces al papel. Esto se hace en dos etapas, una especie de uno-dos al mercado libre: primero se empobrece al sector de la nuez y luego el gobierno usa este dinero para quitar papel de los mercados para su propio uso, extrayendo así recursos en la segunda etapa. Ambas partes del proceso son una carga. En cierto modo, el sector de la nuez se ve obligado a pagar la extracción de papel de la sociedad; al menos se lleva inmediatamente la peor parte del pago. Sin embargo, incluso sin considerar aún el problema del “equilibrio parcial” de cómo y si esos impuestos se “trasladan” por el sector de la nuez encima de sus hombros, deberíamos también advertir que no es el único que paga: los consumidores de papel indudablemente pagan al ver cómo les aumenta el precio del papel.
En otras palabras, cada vez que el gobierno compra algo con dinero extraído a los contribuyentes, necesariamente sube el precio de esos bienes e impide que esos recursos se usen en el sector privado para fines privados. Así que cada vez que el gobierno compra un arma o un avión, hace las armas y los aviones más caros para los sectores privados, así como todos los factores que van a producir esos bienes. No hace falta decir que, además de aumentar los precios, el gobierno también está distorsionando la economía, así como eligiendo a ganadores (funcionarios, contratistas y suministradores públicos) y perdedores (los no favorecidos por el gobierno). Sectores completos (los que eran valiosos y rentables antes de que el gobierno se implicara) pueden destruirse de esta manera y con ellos el sustento de la gente.

Razón 4: El gasto crea dependencia política y fortalece al estado

Pero uno de los mayores logros políticos del gasto público es su éxito en crear granes coaliciones de votantes y grupos de intereses que se oponen a los recortes en el gasto público. Cuando los republicanos anunciaron su último acuerdo presupuestario para aumentar el gasto en un billón de dólares, resultaba difícil ver cómo podrían haber hecho otra cosa:
En 2013, cuando Pew encuestó a los estadounidenses sobre qué programas públicos deberían recortarse, una enorme mayoría se oponía a cualquier recorte a Medicare o a la Seguridad Social. Cuando se las preguntó qué programas deberían recortarse como parte de las negociaciones presupuestarias en Washington, el 87% de los encuestados se oponían a recortes en la Seguridad Social, mientras que el 82% se oponían a recortes en Medicare. (…) Eso pone directamente al presupuesto fuera de límites en un 36%.
¿Dónde recortar entonces? ¿Tal vez podríamos recortar en defensa? Según Pew, el 73% de los encuestados se oponen a recortar en defensa. Eso supone otro 23% por encima del límite, así que ahora estamos por encima del 65% del presupuesto que pocos quieren recortar. Pew reporta que el 71% de los estadounidenses se oponen a recortes en “ayudas a los necesitados” (es decir, Medicaid, TANF, etc.). (…) De hecho, los programas menos populares, aquellos que a más de un tercio de los encuestados les gustaría recortar, son el Departamento de Estado y la ayuda exterior. Por desgracia para los halcones del déficit, esos dos programas se combinan para una suma irrisoria de 38.000 millones de dólares. En otras palabras, solo un 1% del presupuesto está maduro para ser recortado. Buena suerte en poner bajo control el presupuesto público.
Inmensas franjas de la población estadounidense, o reciben pagos transferidos del gobierno, como la Seguridad Social, o trabajan para el gobierno, como en el caso del verdadero ejército de contratistas militares (muchos de los cuales simulan esta “empleados privadamente”) y soldados que reciben la mayoría de los 600.000 millones de dólares dedicados cada año a gasto militar.
Todos estos programas significan que una sola organización (el gobierno federal de EEUU) proporciona al menos una porción del sustento de cientos de millones de personas. Eso es un poder real.
Es posible que algunos votantes puedan estar a favor de un recorte de impuestos, pero ese movimiento no tendrá sentido pues pocos de ellos también aceptarían recortes en el gasto. Así que incluso en un mundo lleno de palabrería sobre “recortes de impuestos”, los efectos perniciosos del gasto público continuarán sin cesar, indefinidamente.