domingo, 5 de junio de 2016

EE.UU.: la ilusión aislacionista

EE.UU.: la ilusión aislacionista

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Por Álvaro Vargas Llosa
El progreso perturbador de Donald Trump -ya está empatado con Hillary Clinton y en algún sondeo, ligeramente por delante- ha reavivado la eterna polémica entre el aislacionismo y el intervencionismo en la política exterior estadounidense.
En realidad, se llama aislacionismo y “no intervencionismo” (dos cosas distintas, pero en determinadas circunstancias la diferencia se hace pequeña) a ciertas tendencias más que a ciertas políticas. Porque, si somos estrictos, nunca hubo un aislacionismo total; incluso el no intervencionismo tuvo muchas excepciones. Por ejemplo, se habla de un siglo XIX no intervencionista, lo que a grandes rasgos es cierto, sobre todo si se piensa en la política estadounidense hacia Europa y Asia, pero en esa misma centuria Washington se anexó un trozo enorme del territorio mexicano.


No citaría la Doctrina Monroe que algunos latinoamericanos suelen situar como el inicio del imperialismo yanqui en América Latina porque se trató más bien de una advertencia a Europa para que no se inmiscuyera en este hemisferio (por eso, hoy lo olvidan nuestros antiimperialistas, contó con la entusiasta aprobación de los líderes independentistas latinoamericanos). El inicio del intervencionismo estadounidense más allá de México probablemente debe ser situado, en lo que respecta a América Latina, en algún punto entre la guerra de 1898 tras la cual Cuba se liberó de España pero quedó convertida en un protectorado estadounidense, y la intervención relacionada con el Canal de Panamá, inaugurado en 1914.
También el intervencionismo tiene que ser matizado. Hubo épocas de intervencionismo muy afiebrado y en otras la intensidad fue menor. Las hubo más bien dictadas por un ánimo mandón o por motivos económicos y las hubo, como el bombardeo de Kosovo en 1999 bajo paraguas de la OTAN, presididas por una urgencia humanitaria (el principio de la “responsabilidad de proteger” que Naciones Unidas convirtió en parte del derecho internacional nació allí aunque no se formalizó hasta 2005). Entre la guerra preventiva de Bush hijo y la ayuda que da Obama a la lucha armada contra Assad en Siria hay diferencias ideológicas importantes. Pero ambas son formas de intervencionismo, independientemente de las simpatías o antipatías que cada una merezca.
No hay duda de que las dos tendencias, la aislacionista o no intervencionista por un lado, y por el otro la intervencionista, han forcejeado intensamente desde el comienzo de la república y hoy lo siguen haciendo.
Obama llegó al poder con una campaña que tenía un dejo aislacionista, aunque nunca usara esa expresión y aunque apoyara la ocupación de Afganistán (a diferencia de la de Irak), en represalia por los atentados del 11 de septiembre de 2001. Su idea no era aislarse sino dejar de meterse tanto en los asuntos del mundo y llevarse bien con los enemigos, de Irán a Cuba y Corea del Norte. Todo ello le acarreó muchos ataques en la campaña, pero a un país fatigado por una década de intervencionismo en el Medio Oriente no le parecía mal.
Durante su primer gobierno, todavía bajo riesgo de no ser reelecto cuando le tocara volver a presentarse y con la necesidad de poner el énfasis en asuntos internos, Obama pareció dejar de lado sus promesas. Pero en su segundo gobierno retomó la idea y ha hecho migas con varios enemigos: con Irán pactó (junto a países aliados, es verdad) el retiro de las sanciones a cambio de que Teherán congelase durante una década sus planes nucleares; en el caso de Birmania acompañó una transición muy limitada bajo el Presidente Thein Sein, reemplazado este año, tras la victoria opositora, por Htin Kyaw, del mismo partido que la Nobel Aung San Suu Kyi, a quien se le impide ser presidenta; con Cuba abrió relaciones diplomáticas sin poner condiciones y acaba de levantar el embargo de armas a Vietnam, país donde el partido único también copa el poder y tiene un sórdido palmarés en materia de derechos humanos.
Digamos que todo esto configura un cuadro de “normalización” con viejos enemigos más bien proclive al no intervencionismo en el sentido de no inmiscuirse en sus asuntos internos. Sin embargo, en otros aspectos Obama practica un intervencionismo estratégico: su política de contención de China, bautizada como el “pivote asiático” de la política exterior de su administración, es el más claro ejemplo aunque no lo presente públicamente como tal cosa.  Desde el Trans-Pacific Partnership hasta el levantamiento del embargo de armas contra Vietnam, pasando por los entrenamientos de “marines” en Australia y la presencia de sus barcos y aviones en Filipinas, Obama pretende frenar el hegemonismo chino en el Asia.
Otro ejemplo de intervencionismo de Obama es el regreso de Estados Unidos a Irak ante el avance del Estado Islámico, a pesar de todo lo que Obama dijo contra la intervención en ese país cuando era oposición.
También hubo intervencionismo, en ese caso de corte wilsoniano, es decir idealista, en su apoyo a la Primavera Arabe, que fracasó en todas partes salvo en Túnez. El intervencionismo humanitario antes mencionado estuvo presente en el bombardeo a Libia en 2011, por ejemplo: aunque conducido por europeos principalmente, contó con una determinante participación estadounidense.
Hillary Clinton, que fue secretaria de Estado de Obama, antes de eso senadora y, en los años 90, primera dama, tiene una larga historia de intervencionismo: apoyó el bombardeo a Kosovo de su marido por razones humanitarias, votó a favor de la invasión a Irak como senadora bajo el gobierno de Bush hijo y fue pieza clave del injerencismo de Obama durante los años en que le tocó estar en el poder.
La realidad es que entre demócratas y republicanos no ha habido grandes diferencias. En teoría los republicanos son más intervencionistas y los demócratas menos, pero las grandes intervenciones exteriores del siglo XX -por ejemplo, en las dos guerras mundiales- fueron dirigidas por mandatarios del Partido Demócrata. Hasta los años de Carter, ese partido tenía tantos “halcones” como el Partido Republicano.
Históricamente,  McKinley y Theodore Roosevelt, dos republicanos fogosamente intervencionistas, no lo fueron más que , por ejemplo, Woodrow Wilson y el otro Roosevelt. Lo que, muy avanzado el siglo XX, cambió fue el tenor del intervencionismo, su cobertura ideológica y la tendencia a convertir la política exterior en parte de un debate interno que antes procuraba evitarla para no romper el consenso. La Guerra Fría contribuyó enormemente a esto: después de Johnson y gracias al fracaso de la guerra de Vietnam, los demócratas se replegaron en una actitud menos confrontacional y más contemporizadora con el comunismo, mientras que los republicanos pasaron a convertirse en la gran fuerza anticomunista.
Ahora, con la aparición disruptiva de Trump en la política estadounidense, el aislacionismo renace con bríos. En el único discurso enteramente dedicado a la política exterior de las primarias, Trump se encargó de enviar dicho mensaje al hablar de “Estados Unidos primero”. Este slogan (“America First”) tiene resonancias históricas aislacionistas en la política estadounidense. Así se llamó a un comité de notables surgido a finales de la década de los 30 que se oponía a la participación en la Segunda Guerra Mundial. No, no era un grupo de loquitos marginales: estaban allí grandes nombres y futuros presidentes, como Gerald Ford y John. F. Kennedy, así como héroes civiles, por ejemplo el aviador Charles Lindbergh, y capitalistas emblemáticos como Walt Disney.
Por lo demás, eran y se declaraban herederos de toda una tradición que se pretendía tan antigua como George Washington, cuyo famoso discurso de despedida habló de “tener tan poca conexión política como sea posible” con otros países para limitar el objetivo de las relaciones exteriores a “la ampliación de las relaciones comerciales”. La década de los 30 había sido muy aislacionista (aunque algunos hablaban de no intervención, más bien): tanto el saldo mortal de la Primera Guerra Mundial como la Gran Depresión habían llevado a un repliegue de la política exterior y a un proteccionismo económico que gozaban de un amplio consenso nacional. Roosevelt, cuyo instinto era bastante intervencionista, sólo pudo entrar a la Segunda Guerra Mundial porque Japón atacó Pearl Harbor. Antes de eso había tenido que soportar mucha presión para no intervenir a pesar del avance de los nazis. Ejemplo de esa presión fueron las leyes de neutralidad aprobadas por el Congreso con apoyo popular.
Trump no habla de “America first” en un sentido idéntico al de aquel comité, pero en muchos aspectos hay coincidencias. Se opone a seguir con la política de “construir nación” (“nation building”), como se llama a las intervenciones norteamericanas en el Medio Oriente que pretenden dejar en pie instituciones e infraestructuras sólidas, y a la idea de exportar la democracia a países que no tienen esa tradición. En su caso, se añade el elemento proteccionista al discurso de la no intervención: con el argumento de que Estados Unidos tiene un déficit comercial que se acerca al billón de dólares (trillón en inglés), quiere poner barreras comerciales de distinto tipo y condicionar los tratados existentes.
Pero, como ha sucedido con otros aislacionistas y no intervencionistas muchas veces, su visión (más certero sería hablar de su instinto porque no hay mucho refinamiento en lo que dice) pasa por fortalecer mucho el aparato militar y robustecer la lucha “contra el islam radical” de un modo que no excluye ir a la guerra “si es necesario”. En el empeño de enfrentarse al islam radical, pretende aliarse con intervencionistas temibles como Vladimir Putin.
A pesar de ello, y de que en sus propios negocios Trump es altamente internacionalista, no hay duda de que el aspirante a la presidencia republicano es el candidato más aislacionista con posibilidades de ganar que ha producido uno de los dos grandes partidos en mucho tiempo. Organizaciones menores, como el Partido Libertario y otros, suelen ofrecer propuestas no intervencionistas; también lo hacen algunos líderes de izquierda. Pero no son actitudes, ni principios, ni políticas que salgan de la boca de un candidato republicano con opciones reales de poder. Dicho esto, es cierto que el ala libertaria del Partido Republicano, encarnada en años recientes por Ron Paul, ha despertado simpatía entre muchos jóvenes oponiéndose al intervencionismo.
No está nada claro hasta dónde querría -y, lo que es más importante, hasta dónde podría- un presidente Trump llevar su aislacionismo una vez enfrentado a la dura realidad de gobernar un país tan imbricado con el resto del mundo. Pero la popularidad de sus posturas en una base amplia del Partido Republicano, y la popularidad de posturas también aislacionistas de Bernie Sanders en el Partido Demócrata nos hablan de un cierto temperamento entre los estadounidenses de hoy.