jueves, 9 de junio de 2016

Separación de Estado y Economía

 
La justificación definitiva para separar iglesia y estado es la necesidad que todos tenemos de llegar a nuestras propias conclusiones de forma individual, y actuar en consecuencia, independientemente de lo que diga cualquier religión. Esta necesidad de libertad intelectual se aplica de manera más amplia a todo pensamiento y acción, incluyendo nuestras vidas económicas: la producción, el comercio, y el consumo de la riqueza.
Como Ayn Rand identificó, la mente racional liberada es nuestro instrumento fundamental para la creación de los productos y servicios de la vida requiere. Los hombres han conseguido trasplantes de corazón, microprocesadores y rascacielos sólo en la medida en que sus mentes fueron dejadas libres de coacción por parte de los criminales y del gobierno.
Una sociedad adecuada respeta la separación total del Estado y la Economía. Los individuos pueden realizar cualquier acuerdo económico voluntario que quieran, independientemente de lo cuestionable que sea.


Por ejemplo, las personas pueden fundar una red de empresas de asistencia médica que sean completamente libres y con ánimo de lucro, o pueden fundar una red socializada con un único asegurador. Pero la participación debe ser voluntaria; ellos no tienen derecho a imponer sus ideas sobre médicos y pacientes. En la medida en que la toma de decisiones económicas se libera de esta forma – sea en el área de la salud, las finanzas, o la informática – el resultado es el descubrimiento y la difusión de las mejores ideas, y un nivel de vida cada vez mejor.
Preguntas y Respuestas con Ayn Rand
¿Qué es el capitalismo?
Cuando digo “capitalismo”, estoy hablando de un capitalismo total, puro, no controlado, no regulado, un capitalismo laissez-faire – con total separación de Estado y Economía, de la misma manera y por las mismas razones que existe la separación de Estado e Iglesia.
¿Qué es una economía mixta?
Una economía mixta es una mezcla de libertad y controles, sin principios, ni reglas, ni teorías que definan la una o los otros. Dado que la implementación de controles exige y conduce a controles adicionales, es una mezcla inestable y explosiva que, en última instancia, tiene que acabar o derogando los controles o en el colapso de una dictadura. Una economía mixta no tiene principios que definan sus políticas, sus objetivos, sus leyes, ni principios que limiten el poder de su gobierno. El único principio de una economía mixta – que, forzosamente, ha de permanecer sin nombrar y sin reconocer – es que ningún interés de nadie está seguro, que los intereses de cada individuo están expuestos en subasta pública, y todo vale para cualquiera que pueda salirse con la suya. Tal sistema – o, más exactamente, anti-sistema – divide a un país en un número cada vez mayor de grupo enemigos, grupos económicos luchando entre sí por su auto-preservación, en una mezcla indeterminada de defensa y ataque, como la naturaleza de esa ley de la selva exige. Mientras que, políticamente, una economía mixta mantiene la fachada de una sociedad organizada con una apariencia de ley y orden, económicamente es el equivalente al caos que rigió a China durante siglos: un caos de pandillas de ladrones saqueando – y drenando – los elementos productivos del país.
Una economía mixta consiste en el gobierno de los grupos de presión. Es una guerra civil amoral e institucionalizada de grupos de intereses especiales y de influenciadores, todos luchando por agarrar un control momentáneo de la maquinaria legislativa para extorsionar algún privilegio especial a expensas uno del otro, a través de un acto de gobierno – o sea, por la fuerza. Cuando faltan los derechos individuales, cuando faltan todos los principios morales o jurídicos, la única esperanza que tiene una economía mixta de preservar su precaria apariencia de orden, de contener a los grupos salvajes de rapiña desesperada que ella ha creado, y de evitar que el saqueo legalizado se convierta en un saqueo ilegal, cotidiano, de todos contra todos – es hacer concesiones, concesiones de todo tipo y en todos los ámbitos – material, espiritual, intelectual – para que ningún grupo se salte la línea de exigir demasiadas cosas y derrube toda esa podrida estructura. Para que el juego pueda continuar, no se puede permitir que nada se mantenga firme, sólido, absoluto, intocable; todo (y todo el mundo) tiene que ser fluido, flexible, indeterminado, aproximado. ¿Cuál es el criterio que ha de guiar las acciones de cada uno? La conveniencia de cada momento inmediato.
El único peligro para una economía mixta es cualquier valor, virtud o idea que no admita concesiones. La única amenaza es cualquier persona, grupo o pensamiento intransigente. El único enemigo es la integridad.
¿Existe un argumento válido para una intervención limitada del gobierno?
No puede haber concesiones entre libertad y controles gubernamentales; el aceptar “sólo unos cuantos controles” es renunciar al principio de los derechos inalienables del individuo y sustituirlo por el principio del poder ilimitado y arbitrario del gobierno, de esa forma poniéndose uno mismo en una situación de esclavitud progresiva. Como ejemplo de este proceso, obsérvese la política nacional actual de los Estados Unidos .
Si se hiciera un detallado estudio de los hechos de todos los casos en la historia de la industria americana que han sido utilizados por los estatistas para acusar a la libre empresa y como un argumento en favor de una economía controlada por el gobierno, descubriríamos que las acciones por las que se culpa a los hombres de negocios fueron causadas, impuestas y hechas posibles sólo por la intervención del gobierno en los negocios. Los males que normalmente se les atribuye a los grandes industriales, no fueron el resultado de una industria no regulada, sino del poder del gobierno sobre la industria. El malo de la historia no fue el hombre de negocios, sino el legislador; no fue la libre empresa, sino los controles del gobierno.
En vista de lo que escuchan de los expertos, la gente no puede ser culpada por su ignorancia y su confusión indefensa. Si una ama de casa normal, lidiando con su presupuesto que es incomprensiblemente cada vez menor, ve a un magnate en un limousine resplandeciente, ella bien podría pensar que uno solo de sus gemelos de diamantes resolvería todos sus problemas. Ella no tiene manera de saber que aunque se expropiaran todos los lujos personales de todos los magnates, eso no alimentaría a su familia – ni a millones de otras familias parecidas – durante una semana; y que todo el país se moriría de hambre en la primera mañana de la semana siguiente.  . . . ¿Cómo podría ella saberlo, si todas las voces que escucha le están diciendo que tenemos que quitarles el dinero a los ricos?
Nadie le dice que el aumento de la carga fiscal que se les impone a los ricos (y la sea los medio ricos) no va a salir de sus gastos de consumo, sino de su capital de inversión (es decir, de sus ahorros); que tales impuestos significarán menos inversión, es decir, menos producción, menos puestos de trabajo, precios más altos para mercancías cada vez más escasas; y que para cuando los ricos tengan que reducir su nivel de vida, el nivel de vida de ella habrá desaparecido, junto con sus ahorros y el trabajo de su marido – y que no hay ningún poder en el mundo (ningún poder económico) capaz de revitalizar a las industrias muertas (ya no existirá más tal poder).
¿Es posible tener una economía mixta sin corrupción?
Si el parasitismo, el favoritismo, la corrupción y la avaricia por lo inmerecido no existiesen, una economía mixta crearía su existencia.
Dado que no hay justificación racional para el sacrificio de unos hombres a otros, no hay ningún criterio objetivo por el que tal sacrificio pueda ser guiado en la práctica. Toda la legislación de “interés público” (y cualquier distribución de dinero arrancado por la fuerza a algunos hombres para el beneficio inmerecido de otros) se reduce en última instancia, a concederles un poder indefinido, indefinible, no objetivo y arbitrario a algunos funcionarios del gobierno.
El peor aspecto de esto no es que ese poder pueda ser usado deshonestamente, sino que no puede ser usado honestamente.
En una economía controlada (o mixta), el trabajo de un legislador consiste en sacrificar a unos hombres a otros. No importa qué decisión tome, ninguna decisión de este tipo puede ser justificada moralmente (y nunca lo ha sido). Partiendo de una base de inmoral, ninguna decisión suya puede ser honesta o deshonesta, justa o injusta – esos conceptos no son aplicables. Él se convierte, por lo tanto, en un blanco fácil para los apremios de cualquier grupo de presión, cualquier lobista, cualquier buscador de influencias, cualquier manipulador – él no tiene criterios con los que juzgarlos o resistirse a ellos. Tú no sabes qué poderes ocultos lo manejan o lo que él está haciendo. Y él tampoco.
Cada interferencia del gobierno en la economía consiste en darle un beneficio inmerecido, arrancado por la fuerza, a algunos hombres a expensas de otros. ¿Por qué norma de justicia ha de guiarse un gobierno consensual? Por el tamaño de la pandilla de la víctima.
¿Qué principios rigen la interacción humana en el libre mercado?
En una economía libre, donde ningún hombre o grupo de hombres puede usar la coerción física contra otra persona, el poder económico sólo puede lograrse a través de actos voluntarios: la elección voluntaria y el acuerdo de todos los que participan en el proceso de producción y comercio. En un mercado libre, todos los precios, salarios y beneficios están determinados – no por el capricho arbitrario de los ricos o de los pobres, ni por la “codicia” de nadie ni por la necesidad de nadie – sino por la ley de la oferta y la demanda. El mecanismo de un mercado libre refleja y resume todas las elecciones económicas y las decisiones adoptadas por todos los participantes. Los hombres intercambian sus productos o servicios por consentimiento mutuo en beneficio mutuo, de acuerdo con su propio juicio independiente y sin coacción. Un hombre puede hacerse rico solamente si es capaz de ofrecer mejores valores – mejores productos o servicios a un precio menor – que otros son capaces de ofrecer.
La riqueza, en un mercado libre, se consigue por voto libre, general y “democrático” – por las ventas y las compras de cada individuo que participa en la vida económica del país. Cada vez que compras un producto en vez de otro, estás votando por el éxito de algún fabricante. Y en este tipo de votación, cada hombre vota solamente en aquellas cuestiones en las que él está cualificado para juzgar: en sus propias preferencias, intereses y necesidades. Nadie tiene el poder de decidir por los otros, o de sustituir su juicio por el juicio de los otros; nadie tiene el poder de designarse a sí mismo como “la voz del público” y dejar al público sin voz y sin derechos.
Ahora observad que un mercado libre no rebaja a los hombres al nivel mínimo de algún común denominador – que los criterios intelectuales de la mayoría no rigen un mercado libre o una sociedad libre – y que los hombres excepcionales, los innovadores, los gigantes intelectuales, no están amarrados y anclados por la mayoría. De hecho, son los miembros de esta excepcional minoría los que elevan el conjunto de una sociedad libre al nivel de sus propios logros, mientras ellos continúan subiendo cada vez más.
Un mercado libre es un proceso continuo que no puede ser detenido, un proceso ascendente que exige lo mejor (lo más racional) de cada individuo y le recompensa de acuerdo con ello. Mientras que la mayoría apenas acaba de asimilar el valor del automóvil, la minoría creativa ya ha introducido el avión. La mayoría aprende por demostración, la minoría es libre de demostrar. El valor “filosóficamente objetivo” de un nuevo producto sirve como maestro para los que quieren ejercer su facultad racional, cada uno en la medida de su capacidad. Los que no quieren se quedan sin recompensa, así como aquellos que aspiran a más de lo que su capacidad puede producir. Los estancados, los irracionales y los subjetivistas no tienen el  poder para detener a los que son mejores que ellos. . . .
Los parásitos mentales – los imitadores que intentan adaptarse a lo que ellos creen que es el gusto conocido del público – son constantemente atropellados por los innovadores, cuyos productos elevan el conocimiento y el gusto del público y el gusto a niveles cada vez mayores. Es en este sentido que el mercado libre está regido, no por los consumidores, sino por los productores. Los más exitosos son aquellos que descubren nuevos campos de producción, campos cuya existencia no se conocía antes.
Un producto determinado puede no ser apreciado inmediatamente, sobre todo si se trata de una innovación demasiado radical; pero, si descontamos detalles sin importancia, es el que gana a largo plazo. Es en este sentido que el libre mercado no está regido por los criterios intelectuales de la mayoría, que prevalecen sólo en y para un momento dado; el mercado libre está regido por aquellos que son capaces de ver y un planificar a largo plazo – y cuanto mejor la mente, más largo el plazo.
Todos los males, abusos e iniquidades popularmente atribuidos a los empresarios y al capitalismo, no fueron causados por una economía no regulada o por un mercado libre, sino por la intervención del gobierno en la economía.
El valor económico del trabajo de un hombre está determinado, en un mercado libre, por un único principio: por el consentimiento voluntario de aquellos que están dispuestos a intercambiar con él sus productos o sus trabajos. Este es el significado moral de la ley de la oferta y la demanda.
¿Cómo se financiaría el gobierno en una sociedad libre?
En una sociedad totalmente libre, los impuestos – o, para ser exactos, el pago de los servicios gubernamentales – serían voluntarios. Como puede demostrarse objetivamente que los servicios propios de un gobierno – la policía, las fuerzas armadas y los tribunales de justicia – son necesarios para los ciudadanos individuales y afectan directamente sus intereses, los ciudadanos pagarían (y deberían pagar) por tales servicios, de la misma forma que pagan por un seguro.
La cuestión de cómo implementar el principio de la financiación voluntaria del gobierno – de cómo determinar la mejor manera de aplicarlo en la práctica – es algo muy complejo y pertenece al campo de la filosofía de la ley. La tarea de la filosofía política es sólo establecer la naturaleza del principio y demostrar que es practicable. El escoger un método específico de aplicación es más que prematuro hoy en día – puesto que el principio será practicable sólo en una sociedad totalmente libre, una sociedad cuyo gobierno haya sido reducido constitucionalmente a sus apropiadas funciones básicas.
¿Es posible que una economía mixta pueda implementar de forma inmediata un programa de financiación voluntaria del gobierno?
Así como el aumento de controles, impuestos y “obligaciones del gobierno” en este país no se llevó a cabo de un día para otro – así también el proceso de liberación no puede llevarse a cabo de un día para otro. Un proceso de liberación sería mucho más rápido de lo que fue el proceso de la esclavitud, puesto que los hechos de la realidad serían su aliado. Pero aún así, se requiere un proceso gradual – y cualquier programa de financiación voluntaria del gobierno debe ser considerado como un objetivo para el futuro lejano.
Lo que los defensores de una sociedad plenamente libre tienen que saber, en este momento, es sólo el principio por el cual ese objetivo se puede lograr.
El principio de la financiación voluntaria del gobierno descansa en las siguientes premisas: que el gobierno no es el dueño de los ingresos de los ciudadanos y, por tanto, no puede tener un cheque en blanco en esos ingresos – que la naturaleza de los servicios propios de un gobierno deben ser constitucionalmente definidos y delimitados, no dejándole al gobierno ningún poder para ampliar el alcance de sus servicios a su arbitraria discreción. Consecuentemente, el principio de la financiación voluntaria del gobierno considera al gobierno como el sirviente, no el jefe, de los ciudadanos – como un agente a quien hay que pagarle por sus servicios, no como un benefactor cuyos servicios son gratuitos, alguien que proporciona algo a cambio de nada.