lunes, 30 de mayo de 2016

Apaciguando la envidia

[Capitulo 12 del libro “La Conquista de la Pobreza”]

Cualquier intento de igualar la riqueza o el ingreso solo tenderá a destruir riqueza. Históricamente lo más que han logrado los “igualadores” ha sido igualar hacia abajo. Esto ha sido incluso mordazmente descrito como su intención. “Tus niveladores”, dijo Samuel Johnson a mediados del siglo XVIII, “quieren nivelar hacia abajo tan lejos de ellos como puedan, pero no pueden soportar nivelar hacia arriba más cerca de ellos mismos”. Y en nuestros días encontramos un eminente “progresista” como Oliver Wendell Holmes, Jr. (conocido también como el Sr. Justicia Holmes) que escribió:
“No tengo respeto por la pasión por la igualdad, la cual me parece que es meramente idealizar la envidia”.


Al menos un puñado de escritores han comenzado a reconocer explícitamente el notorio papel desempeñado por la envidia o el miedo a la envidia en la vida y en el pensamiento político contemporáneo. En 1966, Helmut Schoek, profesor de sociología de la Universidad de Mainz, publicó un interesantísimo y penetrante libro científico sobre esta cuestión, un libro con el que seguramente la mayor parte de la discusión futura al respecto estará en deuda.
Existen pocas dudas de que muchos igualitaristas están motivados, al menos parcialmente, por la envidia, mientras otros están motivados no tanto por su propia envidia como por el miedo a la envidia en otros, y desean apaciguarla o satisfacerla.
Pero ese esfuerzo está condenado a ser inútil. Casi nadie está completamente satisfecho con su status en relación a sus pares. En el envidioso la sed por avance social es insaciable. Tan pronto como han subido un escalón en la escalera económica o social, sus ojos estarán fijos en el siguiente. Ellos envidian a aquellos que están más arriba, no importa, por cuan poca diferencia. De hecho, es más probable que envidien a sus amigos y vecinos mas cercanos, quienes están tan solo un poco mejor, que a las celebridades o millonarios que están inconmensurablemente mejor. La posición de estos últimos parece inalcanzable, pero respecto al vecino que tiene a penas una ventaja mínima, ellos están tentados a pensar: “Yo casi podría estar en su lugar”.
Más aún, es más probable que el envidioso se sienta más tranquilo al ver a otros privados de cierta ventaja que al ganarla para sí mismo. No es lo que les falta lo que principalmente los perturba, es lo que otros tienen. El envidioso no está satisfecho con la igualdad, ellos anhelan secretamente la superioridad y revancha. En la Revolución Francesa de 1848, se dicen que una mujer que cargaba carbón le exclamó a una dama ricamente vestida:
“Sí, señora, todo va a ser igual ahora; yo andaré vestida con sedas y usted cargara carbón”.
La envidia es implacable. Las concesiones meramente despiertan el apetito por más concesiones. Como Schoeck escribió:
“La envidia del hombre es más intensa cuando todos son casi iguales, sus reclamos por redistribución son más intensos cuando no hay prácticamente nada para redistribuir”.
Debemos, por supuesto, siempre distinguir entre la envidia meramente negativa que lamenta el éxito de otros de la ambición positiva que conduce a los hombres a la activa emulación, la competencia y el esfuerzo creativo propio.
Pero la acusación de envidia, o incluso de miedo a la envidia de otros, como motivo principal de cualquier propuesta redistributiva es una muy seria de hacer y, a la vez, difícil si no imposible de probar. Sin embargo, los motivos para hacer una propuesta, incluso si son demostrables, son irrelevantes en comparación a los méritos inherentes a la misma propuesta.
Podemos, sin embargo, aplicar algunas pruebas objetivas. A veces el motivo de querer apaciguar la envidia de otras personas es reconocido públicamente. Los socialistas a menudo hablan de que cierta forma pobreza y destitución magníficamente igualada es preferible a la abundancia “mal distribuida”. Un ingreso nacional que crece rápidamente en términos absolutos para prácticamente todo el mundo será deplorado por estar haciendo a los ricos más ricos. Un principio implícito y a veces reconocido por los líderes del Partido Laborista posteriores a la Segundo Guerra Mundial era el de que “nadie debería tener lo que no todos pueden tener”.
Pero el principal test objetivo de una propuesta social no es si meramente enfatiza mas la igualdad que la abundancia, sino más bien si intenta ir mas allá en promover la igualdad a expensas de la abundancia. ¿La medida propuesta está pensada primariamente para ayudar a los pobres o para penalizar a los ricos? ¿Perjudicaría a los ricos al costo de también perjudicar a todos los demás?
Este es el verdadero efecto, como lo vimos en el capitulo previo, de los impuestos fuertemente progresivos a la renta y los impuestos confiscatorios de la herencia. Estos no solo son contraproducentes fiscalmente (generando menores ingresos fiscales provenientes de los tramos más altos de lo que generaría una menor tasa del impuesto), sino que también desestimula o confisca la acumulación de capital y la inversión que podrían haber incrementado la productividad y por ende los salarios reales. El efecto en el largo plazo de tal impuesto es dejar los trabajadores más pobres de lo que de otro modo podrían ser.

Cómo Traer la Revolución

Algunos economistas admitirán todo esto, pero, sin embargo, responderán que es políticamente necesario imponer impuestos casi confiscatorios o promulgar medidas redistributivas para así aplacar la envidia y la insatisfacción, para prevenir una revolución.
Este argumento es lo contrario a la verdad. El efecto de intentar apaciguar la envida es provocar más de ella.
La teoría más popular respecto a la Revolución Francesa es que ella sucedió porque la condición económica de las masas empeoraba continuamente, mientras el rey y la aristocracia lo ignoraban. Pero de Tocqueville, uno de los más exhaustivos observadores sociales e historiadores de todos los tiempos, propuso una explicación exactamente opuesta. Déjenme exponerla primero como la resumió un eminente analista francés en 1899:
“Esta es la teoría presentada por de Tocqueville (…) cuanto más liviano el yugo, mas resulta insoportable; lo que exaspera no es la carga aplastante, sino el impedimento; lo que inspira la rebelión no es la opresión sino la humillación. Los franceses de 1789 estaban indignados contra los nobles porque ellos eran casi iguales a los nobles; es la leve diferencia la que puede ser apreciada, y es lo que puede ser apreciado lo que cuenta. La clase media del siglo XVIII era rica, en la posición para cubrir cualquier empleo, era casi tan poderosa como la nobleza. Era este “casi” lo que la exasperaba y la proximidad a su objetivo lo que la estimulaba; las etapas finales siempre provocan impaciencia”.
He citado este pasaje porque no he encontrado la teoría de Tocqueville descrita de forma tan condensada por el mismo Tocqueville. Este es esencialmente el tema del libro: “El Antiguo Régimen y la Revolución”, y en él presenta una impresionante documentación fáctica para fundamentar su teoría. Este es un pasaje típico:
“Es un hecho singular el que el incremento continuado de la prosperidad, lejos de tranquilizar a la población, en todas partes promueve el espíritu de inquietud y disturbios. El público en general se vuelve más y más hostil a todas las instituciones antiguas, más y más descontento; verdaderamente, es crecientemente obvio que la nación se dirigía hacia la revolución (…).
Así, era precisamente en aquellas partes de Francia en las que había habido mayor progreso donde el descontento popular era más alto. Esto puede parecer ilógico, pero la historia está llena de paradojas como ésta. No es siempre que las cosas van de mal en peor y que luego estallan las revoluciones. Por el contrario, sucede más a menudo que cuando un pueblo ha tenido que soportar un dominio opresivo por mucho tiempo sin protestar, de repente, cuando descubre que su gobierno relaja las presiones sobre él, decide levantarse en armas. Es así que el orden social destronado por la revolución es casi siempre mejor que aquel que le precede inmediatamente, y la experiencia nos enseña que, generalmente hablando, el momento más peligroso para un mal gobierno es cuando trata de reformar o reparar algo. Solo un consumado arte de gobernar puede permitirle al Rey salvar su trono cuando después de un largo periodo de dominación opresiva él se propone a mejorar muchas de sus cuestiones. Pacientemente soportados por tanto tiempo que parecían más allá de cualquier posibilidad de solución, cualquier agravio parecerá intolerable una vez que la posibilidad de removerlos cruza por la mente de los hombres. Por el mero hecho de que ciertos abusos hayan sido remediados, se centra la atención en los otros y ahora parecen más mortificantes; la gente puede sufrir menos, pero su sensibilidad es exacerbada (…).
En 1780 ya no podía oirse de charlas sobre la decadencia de Francia, por el contrario, parecía no poder establecerse un límite a su progreso. Y fue en aquel entonces que las teorías de la perfectibilidad del hombre y el progreso continuo se pusieron de moda. Veinte años antes no había ninguna esperanza para el futuro; en 1780 no se sentía ansiedad por él. Deslumbrada por el panorama de felicidad que no hubieran podido siquiera soñar hasta ese momento y que ahora estaba al alcance de sus manos, la gente estuvo ciega ante el propio progreso que había tenido lugar y deseosa de precipitar los eventos”.
Las expresiones de simpatía provenientes de la clase privilegiada sólo agravaron la situación:
“Los hombres que tenían más porque temerle a la ira de las masas no tuvieron escrúpulos en condenar públicamente las graves injusticias con las que ellos siempre las habían tratado. Centraron la atención en los monstruosos vicios de las instituciones que habían oprimido fuertemente a la gente común y consintieron con coloridas descripciones las condiciones de vida de la clase trabajadora y los salarios de hambre que ésta recibía. Y así, al defender la causa de los desprivilegiados, los hicieron extremadamente conscientes de sus propios agravios e injusticias”.
Tocqueville continuó citando extensas recriminaciones mutuas entre reyes, nobles y parlamentarios culpándose los unos a los otros por las misereas del pueblo. Leerlas ahora provoca la misteriosa sensación de que están plagiando la retórica de los progresistas de limusina de nuestros días.
Todo esto no quiere decir que debamos dudar en tomar alguna medida verdaderamente calculada para aliviar la penuria y el sufrimiento y reducir la pobreza. Lo que quiere decir es que nunca debemos tomar medidas gubernamentales meramente con el propósito de calmar la envidia y apaciguar a los agitadores, o para evitar por soborno una revolución. Tales medidas, traicionando la debilidad y la conciencia de culpa, sólo conducen a mucho mayores y más ruinosas demandas. Un gobierno que paga la extorsión social se precipitará hacia las propias consecuencias que teme.