miércoles, 11 de mayo de 2016

Nunca hubo una guerra buena ni una paz mala

Nunca hubo una guerra buena ni una paz mala

Por Raul Sanz Machado
Sabias palabras, bastaron al eminente político y escritor Benjamín Franklin para definir la realidad existencial de la sociedad humana.  Escasamente habían transcurrido 48 horas de diferencia, a fines de abril de 1945, para que sucumbieran de manera violenta las vidas de los dos protagonistas trágicamente más nefastos del siglo XX, Adolfo Hitler, el Führer y Benito Mussolini, Il Duce, quienes hundieron a Europa en la más sangrienta, cruel, inhumana y alucinante conflagración que costó la vida a más de 50 millones de seres humanos en la segunda guerra mundial, de cuyo fin se cumplen ahora 70 años.


Mussolini creía y proclamaba la necesidad de la violencia para el logro de cualquier transformación social llegando al extremo de inculcar la mentalidad fascista aun en niños escolares y fue partidario ferviente de la participación activa de Italia en la primera guerra mundial.  En 1921, fundó el Partido Nacional Fascista con el apoyo del proletariado italiano y en octubre del siguiente año, el vacilante Víctor Manuel III, le encargó formar gobierno;  poco tiempo después el Parlamento le otorgó plenos poderes,  lo cual constituyó la instauración oficial del fascismo. Tras crear el Gran Consejo Fascista, Mussolini dictó una nueva ley electoral que le aseguraba la mayoría fascista en la Cámara, lo cual le abrió camino para prohibir todos los partidos políticos, la persecución de los opositores y la consolidación de un  régimen totalitario que lo erigió en Il Duce,es decir, el “caudillo”, durante 20 años.
En abril de 1943 sucumbía el nefasto régimen fascista frente al incontenible avance aliado que ocasionó la rendición incondicional de Italia. El 25 de julio, el hasta entonces, arrogante dictador fue destituido por el Rey Víctor Manuel y reemplazado por el Mariscal Pietro Badoglio.  Bajo fuertes medidas de seguridad, Mussolini fue internado en la isla de Ponza, siendo sorpresivamente rescatado, dos meses después por un comando de paracaidistas, de 90 hombres al mando del Coronel alemán Otto Skorzeny, siendo trasladado a Munich donde fue designado por Hitler, cabeza de un gobierno títere con sede en el norte de Italia, donde Il Duce proclamó la “República Socialista Italiana” de Saló, en la región de Lombardía. Incapaz de sostener el nuevo régimen ante la acometida de los guerrilleros del Comité de Salvación Nacional, Mussolini fue recapturado y tras un breve proceso llevado a cabo por el improvisado Tribunal Militar, fue sentenciado a muerte junto a otros 17 procesados, siendo fusilados el 28 de abril de 1945, incluyendo a su amante Clara Petacci, quien se negó a abandonarlo.
Apenas 48 horas más tarde, lo seguiría en su destino final el Führer Adolfo Hitler, quien optó por el suicidio en su bunker blindado, en el sótano de la cancillería del agonizante III Reich,  junto a su amante Eva Braun con quien se había casado días antes. Previamente designó sucesor suyo al Almirante Karl Döenitz y dictó su testamento político, en el, que descargó la culpa de la conflagración mundial a“los políticos de origen judío o al servicio de los intereses judíos”. En tono de exaltada soberbia escribió: “Muero con el corazón alborozado al pensar en los incomparables hechos y proezas de nuestros soldados en el frente, de nuestras mujeres en sus hogares, de nuestros campesinos y obreros, así como en las heroicas hazañas de la humanidad, de las juventudes que llevan mi nombre.Adolfo Hitler olvidó mencionar a sus últimos combatientes, miles de adolescentes de 13 a 16 años. La humanidad, en cambio no olvidará sus demenciales crímenes en los campos de concentración ni el trágico saldo que ocasionó la muerte de 54.6 millones de almas, de los cuales la mayoría  eran civiles  alemanes, soviéticos y chinos, sin olvidar el holocausto de  6 millones de judíos.
La ceremonia de capitulación en el frente occidental tuvo lugar el 8 de mayo de 1945, en el cuartel general del Comandante en Jefe aliado, General Dwight Eisenhower y al siguiente día, el plenipotenciario alemán, Mariscal Wilhelm Keitel, suscribió la capitulación en el cuartel general soviético establecido en Karlhorst, Tras 12 años de la férrea dictadura de Hitler, Alemania quedaba convertida en una gigantesca y humeante ruina; el III Reich que habría de prolongarse por 1.000 años, según predecía el Führer
Hoy a los 70 años del fin de la guerra, ante la dramática tragedia bélica de semejante magnitud, quedan las palabras del sabio Albert Einstein: “Desconozco cuales armas se usarán en la tercera guerra mundial, pero en la cuarta, los hombres pelearán con piedras y palos.”