Cuando le han preguntado a Donald Trump cómo va a hacer que México pague por el famoso muro que va a impedir el ingreso de mexicanos a Estados Unidos, saca a relucir el déficit comercial que tiene su país con el vecino del sur. "Tenemos un déficit comercial de US$58.000 millones con México", argumenta, como si eso fuera una deuda de México con EE.UU. El déficit comercial es una injusticia para Estados Unidos, sugiere, una injusticia que exige una reparación. Y como México recibe US$58.000 al año de EE.UU., tiene plata de sobra para hacerlo.
Hay que detener a los inmigrantes ilegales mexicanos, ha dicho Trump, porque son criminales, narcotraficantes y violadores. Porque el gobierno mexicano está enviando a Estados Unidos a sus ciudadanos indeseables.


Para el Partido Republicano auspiciar a Trump ha sido un error, un error que podría ser leve, grave o irreparable. Si llega a ser el candidato, y todo indica que así será, la cara visible del partido será el flamígero señor de pelo teñido que dice cosas que dan vergüenza, acompañado de una claque de señores y señoritas que vienen del tea party, el lobby de armas, la xenofobia, el aislacionismo y de repente hasta el Ku Klux Klan.
El postulante a la Casa Blanca ha prometido también que deportará a los once millones de indocumentados que se estima que hay en el país. Y dijo que no se puede confiar en lo que opina Jeb Busch sobre inmigración, porque tiene una esposa mexicana y "habla mexicano"en casa.
Trump le ha dado voz al segmento demográfico más olvidado de la sociedad estadounidense -los hombres blancos mayores de 40 años sin educación y sin recursos, que sólo saben trabajar con las manos y que quedaron al margen de la nueva economía. Apuntando al más bajo común denominador posible, el candidato combina con talento un estilo personal populachero y chabacano con dos planteamientos que evocan dos de las peores políticas públicas del siglo 20: aislacionismo y proteccionismo; no a los extranjeros y no a la globalización de la economía.
Su eslogan, "Hacer que EE.UU. sea grande otra vez" (Make America great again), robado de la campaña de Ronald Reagan en 1980, postula regresar a una supuesta época dorada en la que había pleno empleo, los autos y los televisores se fabricaban dentro del país y los inmigrantes no se notaban porque eran pocos y se asimilaban rápido.
Sin experiencia política ni base de apoyo en el Partido Republicano, Trump sólo tenía a su favor su fama y su fortuna: la notoriedad que le dieron proyectos faraónicos como la torre de vidrio negro que construyó en Manhattan, a fines de los 80, y la fama nacional que consiguió en los 2000 como protagonista del reality show "The Apprentice". Además de su dinero, claro.
Nadie apostaba por Trump cuando lanzó su candidatura hace unos meses. Ahora que está a punto de ser nominado por un partido que nunca lo tomó en serio, hay que reconocerle otro activo, más valioso que los anteriores: su talento para leer a los votantes, al punto de saber lo que piensan y que no se atreven a decir en voz alta. Él lo dice suelto de cuerpo frente a los micrófonos. Es por eso que, cada vez que dice una insensatez xenofóbica con olor a racismo, sus partidarios lo apoyan con mayor convicción. Trump ha llegado a tener cerca del 40% de apoyo entre los votantes republicanos porque se atreve a decir lo que ellos piensan. Es un talento que tenía también el apasionado Adolf Hitler, quien a punta de prometer vaguedades saltó de la nada al estrellato gracias a la alta votación que le dio el pueblo alemán en las elecciones de 1930. Uno de los eslogans del partido nazi para esas elecciones fue Hacer que Alemania sea fuerte otra vez.
El fenómeno Trump se explica en gran medida por la frustración de los blancos de bajos ingresos y otros sectores de clase media y media baja, los que no han visto mejorar su propia situación mientras la televisión dice que la economía se ha recuperado. Es un sector que vio crecer sostenidamente sus ingresos desde los años 50, hasta el cambio de siglo.
Antes del año 2000, el tamaño de la clase media y media baja se achicaba mientras aumentaba el porcentaje de personas con ingresos de US$100.000 al año o más. Con el cambio de siglo, el tamaño de la clase media se siguió achicando, pero dejó de crecer el número de quienes ganaban más de US$100.000. A partir de entonces y hasta ahora, el grupo que crece es el de los que ganan menos de US$35.000 al año. Con el cambio de siglo, la movilidad social ascendente de la clase media se convirtió en movilidad social descendente.
El número de empleos en el sector manufacturero de EE.UU. bajó 36% entre 1979 y 2015, debido principalmente a que muchas de las grandes empresas norteamericanas encontraron una forma más barata de abastecer a su mercado local: trasladar las fábricas a México, donde los sueldos son más bajos, y luego exportar los productos terminados a Estados Unidos, aprovechando el acuerdo de libre comercio.
Un ejemplo es la industria automotriz. En 2004, las fábricas de autos instaladas en México aportaban el 9% de los automóviles que demandaba el mercado estadounidense. Diez años más tarde, en 2014, la participación de México había aumentado al 20% y se anunciaba la construcción de doce nuevas plantas que multiplicarían el número de autos made in Mexico y darían empleo a otras 34.000 personas. Se espera que México sea el quinto fabricante de autos del mundo para el año 2020 si se mantiene el acuerdo de libre comercio.
Con los empleos emigrando a México y los salarios retrocediendo, la clase media blanca no profesional empezó a sentirse marginada y desatendida, como si fuera una minoría étnica. Una minoría además invisible, porque sus integrantes son blancos y los blancos en Estados Unidos siguen siendo vistos como la mayoría privilegiada.
Al tiempo que las grandes empresas norteamericanas se globalizaban invirtiendo en mercados emergentes, e internet desbarataba una industria tras otra, la desigualdad de ingreso ha aumentado significativamente en Estados Unidos. Entre 1950 y 1980, la tajada del ingreso nacional que se llevaba el 1% más rico de la población se mantuvo más o menos constante en torno al 10%. En 2013, la tajada para el 1% más rico se había duplicado en tamaño, llegando al 20% del ingreso nacional. .
Todo esto generó un sentimiento de frustración creciente en los sectores postergados, especialmente los blancos. Al estallar la crisis de hipotecas sub prime en 2008, la frustración se convirtió en indignación. Miles de familias modestas quedaban literalmente en la calle por no poder pagar su deuda hipotecaria, mientras el gobierno desembolsaba cientos de miles de millones de dólares para salvar de la quiebra a bancos y compañías de seguros.
La indignación que estos hechos generaron alimenta a su vez el creciente sentimiento anti establishment que le da apoyo a afuerinos como Trump y también potencia a políticos tradicionales no tradicionales, como el senador Bernie Sanders.
Pero no es sólo indignacion lo que mueve a los votantes que apoyan a Trump y a los partidarios de otros candidatos extremistas, como el fundamentalista cristiano Ted Cruz. El miedo también tiene un papel importante. Desde septiembre de 2001, el terrorismo es una amenaza que puede estallar en la esquina de mi casa. Da miedo la volátil situación del Medio Oriente, que en los hechos puede ser vista como una guerra mundial. Da miedo el surgimiento de ISIS. Dan miedo las acciones del terrorismo islamico en Occidente. Nadie se olvida de París.
El sentimiento anti establishment ha irrumpido con una fuerza inquietante en la campaña presidencial estadounidense porque se han alineado dos factores: el rechazo de los votantes a los políticos tradicionales y la presencia protagónica del candidato Trump, con un talento escénico digno de un Oscar y una sobrecogedora capacidad para leer lo que de verdad piensan sus partidarios y decirlo en voz alta con total aplomo, aunque sea racista, belicista, xenófobo, sexista, aislacionista o simplemente falso. Los demenciales exabruptos que han hecho famoso a Trump en los últimos meses, y que habrían destruido la carrera política de cualquier otro candidato, a él no lo han dañado en lo más mínimo; al contrario, le han dado más popularidad porque lo muestran diciendo en voz alta, frente a las cámaras, lo que sus partidarios más fieles -hombres blancos de cierta edad, poca educación y bajos ingresos- están pensando y no se atreven a decir.
El sentimiento anti establishment que ha ayudado este año a Trump no es nuevo en Estados Unidos. El empresario Ross Perot llegó a obtener el 19% de los votos en la presidencial de 1992, compitiendo con el demócrata Bill Clinton, quien fue elegido presidente, y el republicano George Busch padre, quien iba a la reelección.
El sentimiento anti establishment tampoco es propiedad de un país o de un tipo de gobierno. La verdad es que siempre está presente en la política, y se hace más visible cada vez que el establishment desilusiona. El sentimiento antiestablishment explica en Francia, por ejemplo, el crecimiento del Frente Nacional de Marine Le Pen. En España, el sentimiento antiestablishment ha ayudado a dar alta votación a partidos muy jóvenes como Ciudadanos, fundado en 2006, o recién nacidos como Podemos, fundado en 2014, en dertrimento de los partidos tradicionales.
En la voluble América Latina, el sentimiento anti establishment pareciera estar presente en todas las elecciones. Con la proliferación de partidos políticos y de candidatos, siempre hay más de uno que podría considerarse anti establishment.
¿Es anti establishment Donald Trump? Sólo en que no es lo que se esperaría del Partido Republicano. Trump leyó correctamente que es mucho más difícil y más caro ser candidato independiente que ser candidato oficial de un partido tradicional. Y tuvo éxito en lograr que el partido lo auspiciara.
Pero para el Partido Republicano auspiciar a Trump ha sido un error, un error que podría ser leve, grave o irreparable. Si llega a ser el candidato, y todo indica que así será, la cara visible del partido será el flamígero señor de pelo teñido que dice cosas que dan vergüenza, acompañado de una claque de señores y señoritas que vienen del tea party, el lobby de armas, la xenofobia, el aislacionismo y de repente hasta el Ku Klux Klan. El Partido Republicano tendrá que ver cómo lidiar con eso.
Trump es claramente nacionalista y populista, dos adjetivos calificativos que no suenan nada de bien juntos. Su  grito de guerra es el aislacionismo, encarnado en murallas para protegerse de los bárbaros; aranceles para hacer más caros los productos importados, reformar el Nafta y olvidarse del TPP; tratar de regresar a un paraíso perdido que nunca existió en vez de inventar el futuro.
Trump también anuncia que deportará a once millones de mexicanos y otros latinoamericanos con problemas migratorios. Y por si todo eso fuera poco, ha anunciado la prohibición del ingreso de musulmanes a Estados Unidos, lo cual además de ser un acto monstruoso de discriminación racial y persecución religiosa, es una acción que da a Estados Unidos más de mil millones de enemigos, le da a ISIS buenos argumentos para reclutar jóvenes musulmanes y la ira necesaria para multiplicar sus atentados terroristas.
Al contrario de Trump, que sabe leer perfectamente al electorado, la cúpula del Partido Republicano no supo leerlo. No lo tomaron en serio y creyeron que se desinflaría a poco andar. Hoy Trump parece invencible. Tiene todas las de ganar en la primaria republicana, salvo que el partido haga una maniobra inesperada para descarrilarlo.
Sea como fuere, en cualquiera de los escenarios posibles el fenómenoTrump tendrá un costo para el Partido Republicano y para el sistema político estadounidense. Y si Trump es finalmente el candidato, el costo para el partido y para el contrato social va a ser significativo.
Es verdad que si Trump llega a ser candidato tiene muy baja probabilidad de ser presidente. Hasta ahora tiene apoyo del 40% de los republicanos, pero es también el candidato mas rechazado por los propios republicanos. Y han salido legisladores republicanos, y el ex candidato presidencial Mitt Romney, a decir públicamente que no apoyan a Mr. Trump.
Es difícil que llegue a la presidencia, cierto. Pero no imposible. Y hace unos meses nadie imaginaba que llegaría a ser candidato.
Si Trump fuera elegido presidente de Estados Unidos e hiciera lo que dice que va a hacer, solamente las obstrucciones al comercio que propone darían un golpe fuerte a la economía mundial. Pero lo más grave sería el cambio en la situación política, con riesgo creciente para la seguridad en todos los países de Occidente.
También puede ser que Trump no haga nada de lo que dice que hará, porque todas las promesas que hace tienen por objetivo ganar votos, no cambiar el mundo.
Pero incluso si Trump no llega a ser el candidato republicano y no volvemos a escuchar nunca más de él, es preocupante lo que este proceso electoral está mostrando de Estados Unidos: cuando no hay confianza en el liderazgo político, los pueblos pueden hacer experimentos muy peligrosos. El éxito del candidato vociferante muestra que hay una crisis silenciosa en la sociedad norteamericana, una crisis que podría culminar en una redefinición del contrato social y una reforma del sistema político de Estados Unidos. La coyuntura necesita un nuevo liderazgo que sea capaz de tomar las riendas y encaminar el país hacia el futuro.
Lamentablemente, ninguno de los aspirantes a la Casa Blanca encarna ese liderazgo. Y ciertamente no Donald Trump, que no es el líder que Estados Unidos necesita hoy, ni mañana, ni nunca.