domingo, 8 de mayo de 2016

Objetivismo: sobre derechos individuales

Objetivismo: sobre derechos individuales

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Por Warren Orbaugh
República, Guatemala
Hemos visto que el propósito del gobierno republicano es proteger los derechos individuales de los ciudadanos. El problema es que mientras se malinterprete el concepto de “derechos individuales” hay pocas esperanzas para la constitución de una sociedad libre. Hay dos equívocos con la noción de “derechos”: en primer lugar, que son concedidos por una entidad, sea este un único Dios, el monarca o el estado; y en segundo lugar, derivado del primero es que “derecho” es sinónimo de “ley”.
La noción de que un “derecho” es concedido por una autoridad lo confunde con un privilegio, un permiso concedido por una “ley privada” que beneficia a un grupo restringido, como el ius primae noctis, por ejemplo. Y aunque uno de los objetivos de la revolución francesa fue la eliminación de privilegios, es decir, la eliminación de leyes separadas para las diferentes clases sociales, ahora vemos la proliferación de “derechos de las etnias”, “derechos de los gays”, “derecho de los pobres a una casa”, etc., todos concedidos por el estado.


El otro equívoco es particularmente común en español y yo diría que en alemán también, porque “derecho” se interpreta como un cuerpo de leyes y normas de conducta creadas por el estado; y “Recht” (derecho en alemán) es entendido también como ley. Por lo tanto un “Rechtsstaat” o “Estado de Derecho” se entiende comúnmente como “estado de ley” en lugar de un “estado de derecho”.
En inglés es más fácil de entender que el concepto de “derecho” es de conducta correcta, de rectitud moral, porque “derecho” (right) significa correcto. El mismo significado existe en español para la palabra “derecho” y la palabra “Recht” en alemán, aunque no son comúnmente utilizados.
El origen del error
John Locke contribuyó al error en la noción de que los derechos individuales son concedidos por Dios, cuando afirmó que todos los hombres están naturalmente en un “estado de perfecta libertad para ordenar sus acciones y disponer de sus posesiones y su persona como consideren mejor, dentro de los límites de la ley de la naturaleza, sin pedir permiso, o depender de la voluntad de cualquier otro hombre… Un estado de igualdad, en donde todo el poder y jurisdicción es recíproco, nadie teniendo más que otro: no habiendo nada más evidente, que el que las criaturas nacidos de la misma especie y rango teniendo las mismas ventajas que la naturaleza les ha dado y el uso de las mismas facultades, también deberían ser iguales entre ellos sin subordinación o sometimiento. El estado de naturaleza tiene una ley de la naturaleza que lo gobierna, que obliga a cada uno: y la razón, que es esa ley, enseña a toda la humanidad, que no tiene más que consultarla, que siendo todos iguales e independientes, nadie debe dañar a otro en su vida, salud, libertad o posesiones. Porque los hombres siendo todos la obra de un omnipotente e infinitamente sabio Creador; todos siervos del Maestro Soberano, enviados al mundo por orden Suya y de su negocio, son todos de su propiedad, creación suya son, hechos para durar durante el tiempo que a Él le plazca, y no a otro. “[Locke, John. The Second Treatise of Government, Chap. II, “Of the State of Nature”]
Ahora, o uno tiene el derecho de ordenar sus acciones y disponer de sus posesiones y de su persona como crea conveniente, o le está permitido ordenar sus acciones y disponer de sus bienes como alguien más piensa que es conveniente. No se puede tener ambos. Si es la primera, el hombre tiene derechos, si es lo último el hombre no tiene derechos, sino permisos.
Además, para muchos hay otro problema con el concepto de “derechos individuales”, y es que es una noción egoísta – uno es el dueño de uno mismo y es correcto actuar en pos de la propia felicidad – y choca con la noción ética altruista de que el egoísmo es malo, y que es nuestra obligación moral el sacrificarnos. Aquí tenemos un conflicto entre una ética del bienestar propio y una ética de la abnegación; una ética que sostiene que la obligación moral primaria del hombre es lograr su propio bienestar, y una que sostiene que la obligación moral primaria del hombre es servir a alguna entidad que no sea él.
El redescubrimiento durante la Ilustración de los antiguos sistemas morales griegos – principalmente el de Aristóteles y el de Epicuro que instan a la autorrealización y no a la abnegación – volvió a los hombres una vez más a la vida en este mundo, al hombre como valor y como un fin en sí mismo; a la idea de que su propósito en la vida debe ser lograr su propio bienestar. Pero aunque algunos hombres de la edad de la razón, como Jefferson, se llamaban a sí mismos epicúreos, muchos moralistas seguían siendo cristianos y su visión sobre el egoísmo era que podría ser tolerado pero no considerado como una virtud querida.
Adam Smith, quien entendió que lo que hizo que el mercado funcionara era el interés propio de cada individuo que comercia, dijo:
“no es de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero que esperamos nuestra cena, sino de lo que atañe a sus propios intereses. Nos dirigimos, no a su humanidad sino a su amor propio y nunca hablamos con ellos de nuestras propias necesidades, sino de lo que les es ventajoso.” [Smith, Adam. The Wealth of Nations.]
“Y si ese comerciante es honesto y trabajador, su búsqueda de su propio interés se considera como respetable y hasta cierto grado, como una cualidad amable y agradable. Sin embargo, Smith aclara: “nunca se considera como uno de las más queridas o la más noble de las virtudes.” [Smith, Adam. The Theory of Moral Sentiments.]
¿Y cuál es la virtud que debe ser admirada según Smith?: “el hombre sabio y virtuoso está en todo momento dispuesto a que sus propios intereses privados deban ser sacrificados por el interés público de su propia orden particular o de la sociedad”. [Smith, Adam. The Theory of Moral Sentiments.]
Aquí otra vez tenemos una visión conflictiva entre “derechos individuales” que indican que la conducta correcta es la que es ventajosa para el hombre que actúa y la virtud más ennoblecedora del auto sacrificio o abnegación.