lunes, 16 de mayo de 2016

La Rebelión de Atlas contra la Culpa Inmerecida

Culpa 
Pero la moralidad del sacrificio, ¿no contiene una enorme “doble moralidad” oculta? Ayn Rand pregunta en La Rebelión de Atlas (todas las citas que siguen serán de la novela a menos que se indique lo contrario):
“¿Por qué es moral servir la felicidad de otros, pero no la tuya propia? ¿Por qué es inmoral producir y guardar un valor, pero moral regalarlo? Y si no es moral el que tú guardes un valor, ¿por qué es moral que otros lo acepten? Si tú eres desinteresado y virtuoso cuando lo das, no son ellos egoístas y malvados cuando lo reciben? ¿Consiste la virtud en servir al vicio? ¿Es el objetivo de los que son buenos la auto- inmolación a aquellos que son malos?”


¿Cuál es la respuesta del Sermón de la Montaña a estas preguntas? Citando de nuevo a Atlas: “La respuesta monstruosa es: No, los que reciben no son malos, siempre y cuando no se hayan ganado el valor que les diste. No es inmoral que ellos lo acepten siempre y cuando sean incapaces de producirlo, incapaces de merecerlo, incapaces de darte algún valor a cambio”.
¿Por qué, por ejemplo, no tienen las empresas farmacéuticas el derecho a venderles sus inventos a quien quiera comprarlos? Porque fueron las empresas las que los inventaron. ¿Por qué nosotros, el público, a través del FDA, tenemos el derecho a dictar qué drogas estas empresas pueden o no vender, cómo tienen que investigar, probar, fabricar y etiquetar los medicamentos, para qué usos las drogas pueden ser prescritas, y quién puede comprarlas? ¿Qué nos da este increíble poder? El hecho que nosotros no inventamos las drogas.
¿O por qué un empleado no tiene derecho a invertir todos sus ingresos de la forma que él considere mejor para su vejez? Porque él ganó el dinero. ¿Y por qué nosotros, el público, tenemos derecho a tomar parte de su sueldo, empaquetarlo en un así llamado “esquema de seguros”, y regalárselo a quien sea que supuestamente lo necesite? Porque nosotros no ganamos el dinero.
“Tal es la esencia secreta de vuestro credo, la otra mitad de vuestro doble criterio: es inmoral vivir por tu propio esfuerzo, pero moral vivir por el esfuerzo de otros; es inmoral consumir tu propio producto, pero moral consumir el producto de otros; los parásitos son la justificación moral de la existencia de los productores, pero la existencia de los parásitos es un fin en sí misma”.
Si queréis sólo un ejemplo actual para fijar en vuestra mente la espantosa esencia de la moralidad del sacrificio y lo que le hace a la auto-estima, considerad la respuesta de los EE.UU. al 11 de Septiembre.
Cuando las torres gemelas fueron derrubadas, muchas personas en el Oriente Medio bailaron en las calles. Pero otros no; aunque simpatizaban con los juerguistas, intentaron ocultar la celebración; les preocupaba que los ataques habían ido demasiado lejos esta vez, y que América se negaría a sufrir tal ultraje. Les preocupaba que nuestra auto-estima no estaba totalmente estrangulada y que su regodeo la reavivaría. Les preocupaba nuestra indignación y nuestra ira.
Y había algunos indicios de esto por parte del pueblo estadounidense. Había una cierta rabia y un cierto deseo de venganza. La gente quería que Bush hiciese algo. Respondiendo al estado de ánimo del país, el gobierno prometió una campaña de “Conmoción y Asombro”, y aplicar la “Justicia Infinita”.
Pero entonces, sin duda, Bush se preguntó “¿Qué haría Jesús?” Trágicamente, esa era una de las pocas preguntas a las que Bush sabía la respuesta.
La operación “Justicia Infinita” tuvo un cambio de nombre. Atrás quedó la extracción de Justicia, sustituida por el objetivo de llevar democracia al Oriente Medio para que sus habitantes pudieran elegir a quien quisieran, asesinos categóricamente no excluidos. Una campaña de conmoción y asombro aún se materializó, pero no en la forma originalmente concebida.
Imaginad la increíble conmoción de los guerreros islámicos y sus numerosos seguidores, cuando se dieron cuenta que no eran bombas americanas lo que caía sobre sus cabezas, sino paquetes de lentejas, sopa de cebada, galletas, manteca de maní y mermelada de fresa, junto con el mensaje: “Esto es un regalo de alimentos del pueblo de los Estados Unidos de América”.
Imaginaos el asombro que deben haber sentido acerca de su propio poder. Habían atacado al Pentágono y derribado las torres gemelas, y esto les había traído, no soldados americanos empeñados en su destrucción total, sino soldados americanos empeñados en la reconstrucción de sus hospitales y mezquitas, en llevarles el voto – mientras que jóvenes soldados morían en el proceso.
Estamos demostrándole a esa gente que los mansos heredarán la tierra y que bienaventurados, ciertamente, son los pobres de espíritu.El poder que estos asesinos sienten es real: les ha sido concedido por la moralidad del sacrificio.
El Sermón de la Montaña y todas sus variantes a través de los siglos, La Rebelión de Atlas muestra, es una moralidad de la maldad y para la maldad, pero tiene un defecto fatal: Necesita que sus víctimas la acepten.
“Vi que el enemigo era una moral invertida – y que mi sanción era su único poder. . . . Vi que llega un momento, en la derrota de cualquier hombre virtuoso, en que su propio consentimiento es necesario para que el mal triunfe. . . . Vi que podía poner fin a vuestras iniquidades pronunciando una sola palabra en mi mente. La pronuncié. La palabra fue: ´NO´”.
Este es el comienzo de la declaración que hace Ayn Rand sobre la independencia moral. Para ganarse la propia independencia moral, uno primero tiene que decirle NO al corrupto ideal del sacrificio. Uno tiene que rechazar como indeciblemente malvada cualquier moralidad que exige sacrificios, sea el sacrificio de tus valores a la desgracia o irracionalidad de otros, o el sacrificio de sus valores a tu desgracia o irracionalidad.
Sea un pariente exigiendo una atención que no se merece, o el más reciente régimen de asistencia sanitaria de Washington, que promete darnos algo a cambio de nada, explotando a los ricos, uno tiene que decir NO. En el momento que el bien exige víctimas, deja de ser el bien.
Para ganarse la independencia moral, uno debe defender el derecho moral del individuo a existir – empezando con el de uno mismo. Tú tienes el derecho a existir, un derecho moral a tu propia vida y a tratar de alcanzar la felicidad en tus días y años. Nadie tiene el derecho moral a exigir que tú obtengas su permiso para existir, teniendo que servilmente satisfacer sus necesidades y protegerlo de sus propios defectos. Nadie tiene ninguna reivindicación sobre tu vida. En el momento que alguien comienza a blandir su dolor, o su necesidad, o sus fallos, proclamando que son éstos los que le dan derecho a tus valores, se está excluyendo de cualquier consideración moral.
Los Padres Fundadores entendieron, políticamente, que nadie tiene derecho a tu vida en virtud de su real o supuesta superioridad. Ni sacerdote, ni rey, ni aristócrata, ni la mayoría adquiere derecho a tu vida en virtud de su superior posición social, visiones místicas, antepasados, riqueza o números.
Lo que debe ser captado ahora, moralmente, es que nadie tiene derecho a tu vida en virtud de su real o supuesta inferioridad. Nadie adquiere un derecho moral sobre tu vida en virtud de su inferior riqueza, poder, felicidad, inteligencia, capacidad, conocimiento o juicio. Lo que esto significa es que tu estatura moral no está a merced de alguien que haya fracasado, o que tal vez ni siquiera se haya molestado en procurar su propio seguro de salud o su jubilación.
Políticamente, la Declaración de Independencia nos enseñó a rechazar la noción de una servidumbre inmerecida.
Moralmente, La Rebelión de Atlas nos enseña a rechazar la noción de una culpa inmerecida.
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por Onkar Ghate, Profesor de Filosofía del Ayn Rand Institute