miércoles, 25 de mayo de 2016

La locura en la política

Por Horacio Vázquez-Rial

 
Pertenezco a una generación de revolucionarios, es decir, de psicópatas decididos a acelerar la historia atendiendo a normas –espirituales o seudocientíficas, que de todo ha habido– dictadas por un dios interior ansioso, severo y energuménico.
Mi primera juventud pasó entre los setenta y los setenta. La fiebre revolucionaria empezó a amainar alrededor de 1980 y se hundió definitivamente en 1989. Con excepciones, nos adaptamos a la antaño despreciada democracia formal, cuyas virtudes fuimos descubriendo no sin asombro. O sea, dejamos de ser de izquierdas. Todos, sin excepción, hasta los que siguen jurando ser muy de izquierdas sin darse cuenta de que están a la derecha de la derecha, en la reacción pura y dura.


No estaría mal si hubiésemos tenido cierta preparación. Pero no la teníamos. No fuimos educados en los hábitos de la democracia. Quien más, quien menos, en España, en Portugal, en Iberoamérica, nacimos o crecimos en dictaduras de las largas. Mejor no indagar aquí acerca de la preparación democrática de alemanes, italianos o griegos...
Y la cuestión no me parece baladí porque en el día a día voy viendo que hemos cambiado la locura por la estupidez. En este momento, Grecia no tiene Gobierno, y no porque los resultados electorales hayan sido confusos debido a la extrema fragmentación de la vida política, sino porque antes de eso había un Gobierno, y ese Gobierno cambió por pura injerencia exterior, porque el eje francoalemán decidió que aquello no funcionaba y mandó a parar, como el comandante. Comprendo que la crisis, que nadie ha explicado satisfactoriamente hasta el momento, imponía ciertas prisas, pero no demandaba por sí misma saltos por encima de las normativas constitucionales de cada caso, fuese el griego o el italiano.
Porque en Italia también se hicieron los cambios reclamados desde Berlín y Bruselas y el Congreso, casi se diría que en renuncia a sus atribuciones, aceptó nombrar al señor Monti, que es un tipo de confianza en esa abstracción que llamamos Unión Europea o Europa a secas.
El presidente Rajoy se ha desvivido estos días para dar la mejor imagen posible de España, es decir, de nosotros. No quiere, no queremos, ser intervenidos. No quiere y no queremos que se interrumpa el ciclo democrático en este país y los resultados de un proceso electoral largamente esperado se vean cuestionados y se introduzca un vigilante en Moncloa, de tapadillo o a lo Monti, este señor que, dicho sea de paso, no tuvo más remedio que invitar a Mariano a Roma porque a los demás les pareció que era lo único de recibo, no porque a él le apeteciera: él es como es, un tecnócrata autoritario que no cree en absoluto en la democracia y preferiría sin dudas el gobierno perpetuo de los sabios (como él).
La amenaza que representan hoy los que ocupan la Unión Europea no es, pues, una amenaza económica –lo cual no es poco en materia de cesión de soberanía–, sino una amenaza al sistema democrático, a la sociedad abierta. Claro que cualquiera de esos funcionarios tiene el argumento a su favor de haber sido elegido democráticamente en las elecciones europeas, las que más baja asistencia recaudan, en parte por falta de fe, en parte por desidia en relación con unos señores a los que no hemos oído nombrar en la vida. Si eso ya ocurre en el plano nacional –¿quién conoce los nombres de los diputados y senadores que se supone ha elegido?–, ni qué decir tiene que en el plano continental la ignorancia es mayúscula. ¿Alguien conocía al señor Van Rompuy antes de que fuese elegido –no por usted ni por mí– nada menos que presidente de Consejo Europeo? Casi Carlomagno.
Creo que falta una pizca de locura, sólo como antídoto para la epidemia de estupidez que se avecina. No una locura como la del siglo pasado, que era una forma de la estupidez disimulada por la violencia. Dicen los clásicos que la política ha de ser, en lo posible, arte de prudencia, virtud que, como todos sabemos, brilla en nuestro presidente. Prudencia, no estulticia.