sábado, 7 de mayo de 2016

La Bestia, el tren que fagocita las esperanzas de miles de migrantes

El precio por viajar en este tren puede ser perder una pierna, ser abusado sexualmente o secuestrado

Aunque el “sueño americano” parece estar devaluado, para miles de migrantes centroamericanos Estados Unidos todavía representa una tierra de oportunidades. Cada año, alrededor de 400.000 personas indocumentadas –la mayoría proveniente de Honduras, Guatemala, El Salvador y Nicargua–  se embarcan en una travesía para escapar de la miseria de sus países de origen, en busca de un futuro mejor en las tierras al norte del Río Grande. Sin embargo, para lograr su objetivo final, estos hombres, mujeres y niños dispuestos a arriesgarlo todo por una mejor calidad de vida, tienen que enfrentarse a La Bestia.



La Bestia es el apodo con el que es conocido el tren de carga que une los 3.200 kilómetros que separan a la localidad de Tapachula –en el estado de Chiapas, al sur de México– con la frontera norte del país. A pesar de tratarse de una mole de acero y hierro que pesa varios miles de toneladas, el apodo no se debe a su imponente tamaño. La Bestia, es una máquina que literalmente fagocita las esperanzas de los migrantes que la montan de forma ilegal, viajando en sus estribos o en el techo en tramos de 6 a 14 horas de viaje durante más de 20 días.
Quedarse dormido tras varios días de desvelo, o resbalar al momento de intentar subirse a La Bestia, puede significar perder un brazo o las piernas. Tal como le sicedió a Mario Josué, un inmigrante hondureño. Durante un día lluvioso en el que intentaba domar a la bestia, resbaló, y la máquina que nunca perdona le rebanó una pierna. Las cifras oficiales de muertos y mutilados suman un total de 1.300 víctimas, según el Instituto Nacional de Migración mexicano, pero cuando se trata de La Bestia nunca hay certezas.
El registro de las muertes no puede ser preciso, porque muchos de los cuerpos de sus víctimas mortales se descomponen al costado de las vías, mientras otros son enterrados en fosas comunes en el cementerio de Tapachula sin ser identificados, sin que sus familiares sepan siquiera acerca de su destino final. Son los “sin nombre”, los “invisibles”. Nadie puede conocer su identidad porque suelen viajar sin documentos, una estrategia para retrasar su deportación en el caso de ser atrapados.
la bestia
Migrantes en el tren denominado “La Bestia”. Fuente: José Alberto Donis Rodríguez
La torpeza, el cansancio y los riesgos no son los únicos obstáculos que se presentan en un viaje que se sabe donde comienza, pero no donde termina. El crimen organizado es un grave problema en México, y aunque estos migrantes solo están en tránsito por ese país, las bandas criminales no les son ajenas. Cada año son secuestrados entre 10.000 y 20.000 inmigrantes, por Los Zetas y las Maras, dos de los clanes criminales más temidos del mundo. Los más afortunados deberán conseguir 2.500 USD para lograr su liberación, y para pagar esa suma, muchas veces terminan enlistándose como sicarios al servicio de las mafias. Los demás pasarán a engrosar las estadísticas del tráfico de personas, de órganos, o de asesinatos. Esto ocurre en connivencia con los maquinistas, que a cambio de dinero o resultado de amenazas y extorsiones, suelen disminuir la velocidad en zonas clave para permitir el abordaje de las pandillas. Una pesadilla dentro de otra.
Pero si de pesadillas hablamos, sin dudas las que más sufren en estos viajes son las mujeres. Seis de cada diez de ellas son abusadas sexualmente. La ingesta de anticonceptivos antes de subirse al tren es habitual entre las migrantes femeninas, algunas para evitar embarazos en caso de ser violadas, otras porque saben que tendrán que ofrecer favores sexuales a cambio de protección o de superar los controles migratorios.
Sobrevivir los más de 20 días que dura el trayecto, cuyo costo monetario es cero, aunque muchas veces se paga muy caro, no es certeza de nada. Antes de llegar a la “tierra prometida”, la posibilidad de que los coyotes –como son conocidos aquellos que facilitan la migración ilegal desde México hacia Estados Unidos– los terminen estafando y dejando sin fondos para cruzar hacia el otro lado siempre estará latente.
La pobreza extrema, la inseguridad y la falta de oportunidades son algunas de las adversidades con las que tienen que batallar aquellos que deciden arriesgarse a buscar un futuro mejor. Pero ningún obstáculo es mayor que la legislación que restringe el libre tránsito de personas. Bryan Caplan, economista de la Universidad George Mason y promotor de las fronteras abiertas, señala que “los que apoyan las restricciones migratorias en el primer mundo son moralmente responsables de la pobreza del tercer mundo”. Para Caplan, las trabas migratorias impiden que los ciudadanos de los países más pobres puedan escapar de la pobreza, y violan el derecho básico de ofrecer su trabajo a quienes están dispuestos a emplearlos.
En efecto, la libre migración podría resolver una parte importante de los problemas relativos a la pobreza y aliviar la situación de cientos de millones de personas. La única consecuencia positiva de esas líneas imaginarias –y sobre todo arbitrarias–  llamadas fronteras, ha sido concentrar el poder político en un territorio determinado. Por el otro lado, han creado las barreras migratorias, una de las trabas más perjudiciales para el progreso de la humanidad.
En este sentido, el escritor argentino Jorge Luis Borges señaló que “desdichadamente para los hombres, el planeta ha sido parcelado en países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de una mitología particular, de derechos, de agravios, de fronteras, de banderas, de escudos y de mapas. Mientras dure este arbitrario estado de cosas, serán inevitables las guerras.” Sin dudas, Borges tenía razón. Las personas etiquetadas como ilegales lo saben desde hace mucho tiempo.