martes, 17 de mayo de 2016

EMILIO J. CÁRDENAS Bajos niveles de aprobación a la gran mayoría de los presidentes sudamericanos

Tanto las administraciones de izquierda como las de derecha, salvo muy contadas excepciones, cosechan hoy altas tasas de desaprobación popular.


Los pueblos sudamericanos, pese a su diversidad, tienen un curioso común denominador en el particular mundo de la política: están claramente disconformes con las gestiones y administraciones de la mayoría de sus presidentes.
Curiosamente, esa tendencia a la disconformidad existe con bastante independencia de los respectivos modelos económicos y de las diferentes afiliaciones o propuestas políticas. Tanto las administraciones de izquierda, como las de derecha, salvo muy contadas excepciones, como se verá, cosechan hoy altas tasas de desaprobación popular. Por eso, aquella expresión popular tan gráfica de: “que se vayan todos” sigue flotando en el ambiente político, en muchos rincones de la región.
Veamos, sucintamente, cuales son los guarismos.



En Chile, la hoy cuestionada presidente, Michelle Bachelet, sólo recibe la aprobación del 29% de los encuestados. Bastante menos de la tercera parte de los chilenos la aplaude. Bastante mala como situación, para una mujer de una larga experiencia en el universo de la política. Es más, ella ha estado más de un año por debajo del 30% de aprobación. A su vez, su tasa de desaprobación es alta: del 65%. Esto es, casi dos de cada tres chilenos creen entonces que su gestión es ciertamente desafortunada. La aprobación de su equipo de gobierno, como conjunto, es todavía peor, de tan sólo un 23%; con una tasa de desaprobación de nada menos que el 71%.
En la destruida y hasta desvencijada Venezuela, el totalitario Nicolás Maduro tiene un porcentaje de aprobación que realmente es alarmantemente bajo. Apenas un 26,8% lo aplaude. No sorprende, para nada, en un país con una democracia deformada, que está además al borde mismo del colapso económico-social. Ni siquiera uno de cada cuatro entrevistados venezolanos está conforme con él. Nadie. Y tiene, como era de suponer, un sólido 71,5% de sus compatriotas que rechaza ruidosamente la deplorable gestión del ex chofer de autobuses.
Lo de la presidente Dilma Ruosseff, en el decaído Brasil, es todavía más grave. Casi desesperante. Sólo un 8% de sus compatriotas aprueba su gobierno. Nadie, entonces. Lo que es gravísimo y debiera moverla a la reflexión. Ella es, claramente, el principal problema para sus conciudadanos. Y debiera saber dar un cada vez más necesario paso al costado.
A su vez, Ollanta Humala se apresta a dejar muy pronto el gobierno del Perú, con tan sólo un 18% de aprobación. Lo que es bien triste. Y sugestivo, a la vez. Pero relativamente común en el país de los incas, que muy pocas veces se despide de sus gobernantes con aplausos. Ocurre que la administración de Humala ha tenido sólo opacos tonos de gris. No encendió a casi nadie.
En Colombia, el presidente Juan Manuel Santos logra apenas un escuálido 13% de aprobación. Peligrosamente su pueblo no parecería seguirlo con entusiasmo en su incansable búsqueda de la paz, porque parecería pensar que Santos está haciendo concesiones demasiado generosas a la guerrilla marxista, en razón de las cuales sus aberrantes crímenes sólo serán penados con castigos realmente menores. Preocupante, por la inestabilidad que proyecta al esfuerzo denodado del presidente Santos y a sus posibilidades de éxito.
Hay, no obstante algunos otros casos que lucen algo mejores. Son los de Mauricio Macri, en la Argentina que por el momento, tras sus primeros 100 días de gobierno, logra un elevado 69% de aprobación. O el de Evo Morales, que pese a haber sido claramente derrotado en el referendo que el mismo convocara para tratar de eternizarse en el poder, obtiene sin embargo una aprobación del orden del 54%. O el de Rafael Correa, que -visiblemente desgastado- logra todavía hoy una aprobación del orden del 40% de los ecuatorianos encuestados. Y el del prudente, pero cada vez más desteñido, presidente Tabaré Vázquez, en el Uruguay, quien obtiene hoy tan sólo un 29% de aprobación.
Esta es la radiografía genérica de la evidente disconformidad sudamericana con sus respectivos gobernantes. Ocurre que el mundo de la política no es, en nuestro peculiar rincón del mundo, una máquina de generar simpatía popular. Es, más bien, lo contrario. Y que el nivel de calidad de nuestros políticos sigue siendo bastante mediocre. No obstante lo cual, cada vez más candidatos y candidatas, con ansias de poder o esperanza de enriquecerse a través de la corrupción, buscan obtenerlo y consolidarlo, enamorados o embriagados por el elixir que los motiva a seguir en un mundo que obviamente es sumamente duro. Donde los rechazos superan a los aplausos, en la mayoría de los rincones de nuestra América del Sur, según ha quedado visto.