martes, 17 de mayo de 2016

Brasil: tiempos de temer

Brasil: tiempos de temer

Por Álvaro Vargas Llosa
Cuando en un país los muchachos en la escuela son capaces de nombrar al presidente interino de la Cámara de Diputados y los comercios programan su cierre en función del tumulto que habrá a ciertas horas del día, la señal no es buena. Pero… los brasileños han esperado mucho tiempo a que sus dirigentes reconduzcan al país y no lo han hecho. Por tanto, están forzando acontecimientos que se miden mejor con la escala de Richter que con papel periódico. Por ejemplo, la caída, el miércoles pasado, de un gigante: la Presidenta de Brasil, Dilma Rousseff. No, no ha habido un golpe de Estado: ha sido la consecuencia traumática de un modelo de ejercicio del poder, el “petismo” (por el partido gobernante), que ha hecho crisis terminal. Cómo y por qué, y con qué lo reemplazarán, es lo que los apuntes que siguen pretenden -riesgosamente- explicar desde un Brasil en el que hasta los árboles y las piedras parecen querer hacer historia. 

 
La maraña jurídico-constitucional
Desde que 367 diputados votaron a favor de la destitución de Dilma, la batalla jurídica y constitucional se ha intensificado al ritmo de la política. La presidenta optó por dos vías para tratar de salvarse.
La primera tuvo como protagonista al presidente interino de la Cámara, Waldir Maranhao, cuyo partid(ito) fue aliado de la dictadura militar y hoy recibe instrucciones del gobernador comunista del estado de Maranhao. Este diputado trató de revertir la decisión de la Cámara Baja, que había enviado el impeachment al Senado, pero a las pocas horas retrocedió porque su partido lo amenazó con la expulsión y la opinión pública reaccionó con indignación ante lo que vio como una arlequinada risible. El proceso siguió su curso en el Senado, con el resultado sabido: la suspensión de Dilma por un máximo de 180 días mientras dura el juicio político y su reemplazo en el cargo por Michel Temer, su vicepresidente.
La segunda vía empleada por Dilma fue la del Supremo Tribunal Federal. Un solo juez supremo, Teori Zavascki, tuvo en sus manos la tremenda decisión, aunque se descontaba desde el inicio que, en nombre de la separación de poderes, rehusaría paralizar el proceso. Así fue. Da una idea de la dinámica que han tomado los acontecimientos el que casi todos los miembros de esa máxima instancia judicial deban su cargo al oficialismo, y en gran parte a Lula da Silva, pero no se atrevan ya a proteger a la presidenta suspendida.
Las vías constitucionales para dar solución final a lo que sucede son claras. Si el Senado vota a favor de la destitución definitiva, Dilma no volverá a la Presidencia. Si vota lo contrario, regresará. Si sucede lo primero, y es lo que la mayoría de enterados asume, Temer gobernará hasta finales de 2018, culminando el período presidencial vigente. No se puede descartar que el propio Temer sea objeto de un impeachment, algo muy improbable, o que el Tribunal Superior Electoral anule las elecciones en las que Dilma fue elegida, con el argumento de que la manipulación del presupuesto público -la causa formal de su suspensión- influyó en el resultado, en violación de la legalidad. En ese caso, habría comicios anticipados.
El escenario que descuentan los sabihondos es que Temer gobernará hasta 2018 y que tomará medidas correctivas impopulares porque entiende que no puede ser candidato en las próximas elecciones. Acepta que su paso por la historia es de muy corta duración.
El populismo en versión brasileña
Para entender por qué Dilma ha sido arrasada por el movimiento de regeneración surgido al socaire de las revelaciones sobre la corrupción, hay que entender los antecedentes políticos y económicos. De otro modo no se comprende que Dilma, quien en lo personal no se ha beneficiado económicamente del fabuloso sistema de sobornos monetarios y favores políticos de todos estos años de “petismo”, haya sido suspendida y con toda probabilidad acabe siendo destituida del todo. A simple vista hay una contradicción en que sea ella la que paga el precio político más humillante cuando fue la mujer que al inicio de su gobierno dejó caer a seis ministros para no protegerlos y la que, ya iniciado el proceso conocido como “Lava-Jato”, se negó a poner obstáculos a la policía y a los jueces, como se lo pedían sus partidarios y sus colaboradores. Pero…
Brasil mezcla un sistema político ingobernable que Fernando Henrique Cardoso ha llamado el “presidencialismo de coaliciones” con un modelo de desarrollo basado en el dirigismo estatal y el proteccionismo, el consumo artificial, la expansión monetaria y un gasto público que ha hecho crecer el tamaño del Estado del 20 al 40% del PIB desde 1990. En lo político, la ausencia de partidos nacionales capaces de gobernar en solitario implica la necesidad de que los gobiernos se recuesten en algunos de los 28 partidos existentes. En lo económico, el sistema implica que sólo en tiempos de bonanza internacional o cuando se heredan unas finanzas más o menos ordenadas se tiene margen para sostener por un tiempo el artificio antes descrito.
Mientras duró el “boom” de los commodities y la herencia de Cardoso, a Lula le fue de maravilla. Hay que añadir que, a diferencia de Dilma, que es más ideológica y, como académica, bastante menos dada a la negociación que su antecesor, el ex tornero y sindicalista tenía flexibilidad suficiente para dar a los inversores ciertos espacios de acción. La suspendida mandataria, en cambio, los asfixió casi desde el primer momento.
El último año en que la economía creció con lozanía fue 2010. Desde entonces la actividad económica rodó por la pendiente hasta alcanzar el penoso registro de los últimos dos años (en 2016 se contraerá un 5%).
A esa clase media emergente que creía en el consumo infinito y el empleo abundante, le cayó entonces encima el piano de la realidad. El Estado pudo sostener a duras penas la redistribución en favor de los más pobres y en parte gracias a ello la base dura del PT sigue siendo leal. Pero esos millones de brasileños que se habían sumado al entusiasmo por el “petismo” le dieron la espalda apenas la crisis económica tocó sus bolsillos. Que en semejante contexto saltara a la luz el esquema de corrupción de “Lava-Jato” es algo que sólo podía desembocar en un maelström de reclamos. Y así fue como millones de ciudadanos se volcaron a las calles, creando el clima tumultoso que condujo a los aliados del gobierno a darle la espalda a Dilma, animando a una tímida oposición que iba dos pasos por detrás a comprarse la idea del impeachment para cortar el nudo político y, quizá, al inicio de la regeneración institucional (algo que no sabemos si ocurrirá).
Del “petismo” al sentido común
La pregunta es quién le pone el cascabel al gato de las reformas urgentes. ¿Se lo pone Temer, un hombre que asume el mando con un dígito de aceptación popular y que carece de legitimidad social aun si goza de justificación constitucional? ¿Se lo pone el próximo gobierno a partir de inicios de 2019? ¿Puede el país esperar tanto sin provocar peores formas de rebelión popular? ¿Cuánto falta para que surja un outsider fascistón con arrastre popular? ¿Y qué riesgo hay de que la respuesta del PT, los sindicatos y el Movimiento de los Sin Tierra, que ya están invadiendo propiedades de los adversarios de Dilma, sea muy violenta?
El PMDB y Michel Temer 
Las respuestas a estas preguntas las tienen el improbable Temer y el aun más improbable Partido del Movimiento Democrático Brasileño, organización democrática que vivió su momento de gloria con la Presidencia de José Sarney (indirectamente lograda) y que desde entonces ha sido incapaz de ganar unas elecciones presidenciales pero que tiene siempre en sus manos la llave de la gobernabilidad. Su apoyo protegió a Dilma el año pasado; el retiro de ese respaldo supuso su alejamiento del poder.
Partido tradicional donde los haya, hecho de artimañas y no de ideas, carente de otro proyecto que no sea alojarse en el engranaje del poder, el PMDB en cierta forma es el más poderoso del país en términos institucionales, aun si no puede rivalizar en bases populares con el PT. Temer, también bajo sospechas éticas, tiene ahora una responsabilidad grave: poner orden en una casa donde todo empuja al desorden, sin la autoridad necesaria para que los demás lo obedezcan. ¿Cómo se cuadra un círculo así?
Todos los actores políticos, referentes empresariales y periodistas a los que pude incordiar esta semana en Brasil me dijeron lo mismo: es más imperiosa la necesidad de que Temer ponga un poco de orden que la de pasarle factura. Ahora, añadían por lo general, todo depende de que él quiera hacer reformas impopulares, tres o cuatro a lo sumo, para cerrar una brecha fiscal que alcanza la turbulenta cifra de casi 10% del PIB y contener una deuda que va escalando la montaña a velocidad de vértigo, controlar una inflación que podría rondar el 10% y permitir un respiro a los inversores, hoy paralizados (el nivel de inversión total equivale apenas a un 15% del PIB).
La clave está en el recuerdo de Itamar Franco, el hombre que reemplazó a Collor de Mello en 1992 tras la renuncia de éste cuando su impeachment prosperaba. Franco decidió entonces que su papel era el de un caretaker y no el de un aspirante al poder prolongado, y que las circunstancias lo habían colocado en un posición que apenas le permitía rozar la gloria un instante. Lo que hace falta hoy es más urgente y grave; sólo si Temer asume la casualidad que lo ha colocado en la Presidencia con parecida humildad podrá iniciar unas reformas incomprendidas que darán inicio al cambio de modelo y de clima político y moral. Tarea que corresponderá ampliar y profundizar al próximo gobierno, elegido y por tanto legitimado por las urnas.
Las primeras señales no son malas, empezando por el nombramiento de Henrique Meirelles, ex presidente del Banco Central durante el gobierno de Lula, como Ministro de Hacienda, un tipo con la cabeza bien amueblada, y el de Ilan Goldfajn, el prestigioso economista jefe de Itaú, como presidente del Banco Central, a quien sólo me pareció escucharle cosas sensatas la víspera del impeachment, cuando no sospechaba que sería convocado. Aunque, de acuerdo con el “presidencialismo de coaliciones”, Temer ha tenido que dar ministerios a políticos de algunos partidos para asegurarse la gobernabilidad (el más conocido es José Serra, ex gobernador de Sao Paulo, del PSDB de Cardoso, ahora canciller), ha arrancado reduciendo de 32 a 23 el número de carteras. En los tiempos del “petismo” los ministerios habían sufrido una fea hinchazón.
Estas son sólo tímidas señales iniciales y es temerario pronosticar nada. Por ahora, el primer país de América Latina tiene nuevo presidente y la calle bulle de impaciencia.